Cacagénesis:


William Saroyan:
"Es sencillamente imposible insultar al género humano sin sonreír al mismo tiempo".







martes, 19 de julio de 2011

Breves visitas a la Región del Hipocampo


-Rubén C.M-

V

Quería yo saber, de labios de “La Roca”, por pura curiosidad, qué opinaba esta de la música, por el hecho de que allí estuviera prohibida y, en consecuencia, de que efectivamente nunca hubiese tenido noticia de aquella.
- La música, amigo, es cosa mortal. Y cuando digo mortal no me refiero a los mortales como individuos, sino que es solo apta para el que muere o, más bien, para el que se sabe morir. Es por eso que no tendría lógica que yo, roca, tuviese constancia de la música, pues si no muero, no me veo en la necesidad de apreciarla. Pero, ya que preguntas, podría decirte algo sobre ella a riesgo de no dar en el clavo en ninguna de mis opiniones. Tal vez, pueda darte alguna clave para que mi desconocimiento colme el tuyo. Puesto que no conozco la música lo poco que he podido saber de ella es a través de aquellos otros que, antes que tú, disfrutaron de tan amplias vistas. El patrón se repetía una y otra vez, sin excepción, al cabo de cierto tiempo; aquí que no existe, se le hacía insoportable a cada uno de ellos la ausencia de aquella. Y de buenas a primeras, comenzaban a canturrear, quizás inconscientemente, fragmentos de canciones populares, nanas, melodías que se les había grabado en la mente en el último concierto que habían presenciado o, aquellos otros que, al recordarles la prohibición, optaban por bailar en silencio, haciendo sonar la orquesta en su imaginación…. El caso es que, a mi entender, no eran capaces de vivir sin música. Y los peores, por supuesto, eran los músicos. Porque, y esto es algo que muchos no saben, los verdaderos filósofos siempre han sido músicos. Y donde si no aquí, en el absoluto silencio, podían componer las grandes obras de las que allí abajo disfrutáis. Mi opinión, si es que tengo alguna sobre el tema, es que la música, para el que la escucha, insufla grandes cantidades de vida pero que por el contrario, para el que la crea, en su último estadio, llama a la locura. De eso no me cabe ninguna duda. De la misma forma, la ausencia total de ella. Tengo entendido que allá abajo no tenéis este problema. Por lo que sé, la ausencia de música solo crea espíritus anémicos. Y me alegra que sea así, no quisiera yo para aquellas gentes tan triste final como el de los tristes seres que pasaron por aquí.

Me quedé sorprendido por tan horrible revelación. Hasta el momento no había tenido especial necesidad de aquello, ni mucho menos pensaba que pudiese llegar a tan alto grado, por lo que me preocupó que mi privilegiada estancia en aquel lugar fuese fruto de una confusión o una casualidad. Esto también se lo hice saber a “La Roca”:
- ¡Oh, amigo! Esto es difícil de explicar. Si te fijas, esto es un país arrasado. No hay tribunales antes los que presentarse ni exámenes que superar. Hace tiempo que aquí la raja tabla no se lleva. Espero no herir tus sentimientos, pero no estás aquí por alguna especial consideración. Si te soy sincero, ni aún a esas habrías llegado hasta aquí. No señor. Más bien, diría yo, te has perdido. Aunque sabes perfectamente el camino de vuelta. Estás aquí porque sí, simplemente. El cómo, no lo sé. De ti depende si te va a servir de algo. Aquí la persiana ya la echamos. No hay mucho más que decir ni que enseñar. Tu presencia nos es grata, no hay motivo por el cual no contestar a tus preguntas.
- ¿Por qué seguís manteniendo las reglas si ya no funcionáis?
- ¿Por qué te lavas los dientes por las mañanas? No sé, supongo que por costumbre. Todo se vuelve eso, rutina, hasta en los altos cielos. Era emocionante mientras había algo que decir. Pero ¡oye! puedes tumbarte al fresco y charlar, no está nada mal… ¿No crees?

Y lo creía. Pero por aquel día ya tenía suficiente. El tema de la música me había inquietado más de lo que hubiese deseado. No sé por qué me vino a la cabeza, todo ello en blanco y negro, Miles y Coltrane tocando “So What” en algún cavernoso año de la década de los 60. Regresé deprisa a casa, me hice despertar, y busqué con mano temblorosa entre mi colección de discos. La ansiedad fue medrando apenas comenzaron los primeros acordes.

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