Cacagénesis:


William Saroyan:
"Es sencillamente imposible insultar al género humano sin sonreír al mismo tiempo".







sábado, 22 de octubre de 2011

INFORME III: El bedel y su tufo


Estaba en racha. Con las tres o cuatro chapuzas que me habían salido en las últimas semanas tenía asegurado el alquiler. El caso era fácil, además estaba lo de la lotería. Calculaba que en tres años debía tocarme el dinero de vuelta de cuatro a seis veces, lo que me reportaba unas ganancias futuras de unos ocho a doce euros extra. En época de estrecheces, un miserable euro podía marcar la diferencia entre la vida y la pobreza extrema. Con un euro podía uno comprarse un bocadillo, una soga, tabaco suelto o llamar a su mejor amigo antes de cometer una locura.
Me dirigí sin más remilgos a la sede de la Cruz Roja. Tenía allí un conocido, el bedel. El bedel debía tener un nombre, pero prefería no recordarlo. No hacía mucho, años atrás, había vivido en mi mismo edificio dos pisos abajo. Un hedor dulzón y enfermizo rezumaba día y noche por el ojo-de-patio. Por las mañanas, cuando me ponía un traje, tenía la sensación de haber sido violado por aquel chalado. Su olor corporal estaba perfectamente impreso en el tejido como si hubiésemos compartido cama. Un par de gestiones bastaron para mandarlo lejos de mi.

—¡Ehh!
—¡Jenaro!
—Si, ¿y tu perro?
—Murió.
—Creo que te lo dejaste en mi edificio.
—¿Qué?
—¿Sabes quienes entran aquí a partir de las 8?
—Si, si. Yo lo sé. Quien entra y quien sale. Lo sé.
—Además de los loteros habituales, ¿quien más tiene acceso?
—Los chicos en prácticas, vienen sobre esa hora a guardar el material.
—¿Tenéis una lista o algo así donde vengan sus nombres?
—Si, pero yo no sé si puedo…
—Paco…
—Enrique.
—Quique, si me das esa lista te proporcionaré el nombre del cabrón que te echó del edificio.
—Espera. –Mientras buscaba en el ordenador me di un paseo por el lugar. Una máquina de agua, varias sillas, una mesa llena de revistas y el mostrador. Me fijé en las revistas. Una de ellas permanecía abierta. Era la revista quincenal “Todo Motor”. Junto a ella se encontraba un variado surtido de literatura para marujas-.

—Aquí tienes.
—¿De quién es esta revista?
—Es del Lucho. Si.
—¿El Lucho está en la lista?
—Sí. Es Javier Almazán, este de aquí.
—Está bien, gracias. Me has sido de mucho ayuda. Chao…
—¡Ehh! No me has dicho quién me echó de mi piso…
—Por quién me has tomado, Paco. No soy un chivato.

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