
Si quieres reservarte un buen sitio, una butaca de palco, para presenciar el espectáculo del mundo, solo tienes que comprarte un apartamento en el monte Hacho (en los textos mitológicos, columna de Hércules) de cara al Estrecho de Gibraltar. Y es que por aquí la Historia está obligada a pasar por aduana. Recuerdo allá por el 90 o 91, cuando apenas contaba yo con cinco o seis años, preguntarle a mi madre por aquel terrible ruido de motores que cada ciertos minutos podía oírse pasar por encima de nuestras cabezas. “Son aviones, hijo”, me decía. “Y a dónde van esos aviones, ma?”. "A matar a los malos, a Irak". Yo, ni que decir tiene, no tenía la más mínima idea de qué era Irak, contando con que por aquella época sufrí un fuerte chock al pedir en una papelería el mapa de Ceuta para colorearlo y recibir, en cambio, por parte de la desalmada dependienta, un extraño dibujo que no se correspondía con la idea que yo tenía de mi ciudad, pues pensaba que la silueta de nuestro país coincidía con aquella, esto es, pensaba que Ceuta era España, que Ceuta era el único mundo donde vivían todos los españoles. Aquel día empecé a tener conciencia de que el mundo no acababa en el mar que observaba a ambos lados de la península africana, muy al contrario, se extendía más allá hasta un lugar en el que unos malvados debían recibir su merecido con todo el peso del aparato armamentístico del Tercer ejército de los Estados Unidos, en la tan afamada Operación Tormenta del Desierto. Años más tarde, ya con algo de más edad, en el 94, contando con diez años y en mi primera comunión, los F-16 volvieron mejorados tecnológicamente, cruzando de nuevo como una exhalación los altos cielos de España que dijera Hemingway, desde la base naval de Rota, y una vez más mi pregunta, esta vez con mayor uso de razón, a mi padre: “Que coño pasa ahora, pa?”. “Hay un zipote bastante gordo montado en Yugoslavia, es que no ves la tele?”. Y si que la veía, solo que me dedicaba a alternar entre “Bola de Dragón Z” y la gran serie “Ay Señor, Señor”, cuando a Andrés Pajares aún no se le había ido del todo la chaveta. Lo más cerca que yo estaba de entender sobre cosas de guerra era por lo que había visto en “Historias de la Puta Mili”, serie que tenía bastante gracia. Algunos años después supe que aquella guerra no había tenido la más mínima, más bien ninguna. Un tal hijo de puta, llamado Milosevic, había masacrado a miles de personas por aquella zona.

Ciudadanos de Guinea, Corea del Norte, Cuba, Sudán, Mauritania y un largo etcétera también miran al cielo asombrados de no ver ningún avión que llegue a devolverles la libertad. Alguno engancha la pala y a la desesperada busca en las entrañas de la tierra por si encuentra algo de oro -negro- que haga que los aviones y la CNN lleguen a su pueblo.
ResponderEliminarGran entrega Socio.
Creo que mi primer recuerdo bélico es el de Iraq, y por supuesto no me enteraba de nada. Ahora tampoco me entero de un carajo, y estoy de acuerdo con que la cooperación internacional y la ONU son dos perras al servicio de su amo, tanto o más que los medios. Sin embargo, aún hay algo que hace que muevan el culo, incluso tarde y por interés propio, alguna vez hacen algo. Este mundo es imperfecto, este órgano de sociedad de naciones está fatal, pero al menos tenemos algo.
ResponderEliminarMe ha encantado que toques el tema Socio, y por supuesto tu texto es la hostia. Como de costumbre.
Un abrazo nenes.