Cacagénesis:


William Saroyan:
"Es sencillamente imposible insultar al género humano sin sonreír al mismo tiempo".







miércoles, 4 de abril de 2012

El saber no ocupa lugar


-Africano-

El saber no ocupa lugar; Certera afirmación, efectivamente, no lo ocupa por pura ineficacia. Lo tengo comprobado como algo irrebatible, por ser algo que he experimentado en propia carne y tal vez por ser yo un caso bastante especial de ignorante que se esfuerza por conocer cosas para no perderse (en el inconsciente colectivo). Siempre, cuando llego a la última página de un libro y lo cierro, tengo la sensación de no haber aprendido absolutamente nada. Las palabras conforme entran por la oreja del cerebro salen por la otra del culo. Intento, en lo posible, anotar a través de blocs o de pequeños ensayos lo que de los libros me parece más práctico para salvar mi alma. Y por mucho empeño que le ponga, aún recordando en ciertas situaciones problemáticas lo que los más grandes sabios me enseñaron, hago una de dos: o los desoigo o los malaplico. No se trata de utilizar erróneamente las pautas de conducta que observo en mis tan admirados maestros sino que, más bien, el error nace de la distancia que media entre mi realidad y la de ellos; tanto, que sus actitudes ante la vida son irreutilizables. Lo son. Así, sin más. Y esto no me lo rebate nadie. Esta tarde, leyendo a Cioran, casi llegando a un estado de iluminación, profundamente postergado sobre cada página, llenándome de lucidez y superioridad sobre los demás seres que a mi alrededor se afanaban en la biblioteca estudiando sus infumables lecciones valederas para oposiciones del Estado, he sufrido lo que aquí vengo relatando. No más me ha bastado levantar el bulla del asiento y darme de bruces con la realidad para salir súbitamente de la burbuja mística en la que me había sumergido. Ésta, como tal burbuja, ha pegado un explotio imperceptible para mis acompañantes, pero mortífero para mis oídos y mi alma. Imposible de aplicar, sencillamente. Éste, hablaba de LA MUERTE, así, con mayúsculas. Y qué manera de hablar de ella. Qué conocimiento. Qué valentía y qué lúcido. ¡Qué jodidamente seguro de sí mismo! Hablaba de Diógenes, digno de admiración, gran filósofo que filosofaba con su actitud ante la vida:

Un día un hombre le hizo entrar en una casa ricamente amueblada y le dijo: “Sobre todo no escupas en el suelo”. Diógenes, que tenía ganas de escupir, le lanzó el lapo a la cara, gritándole que era el único sitio sucio que había encontrado para hacerlo.

Toma ahí, o:

Diógenes fue hecho prisionero y vendido. El heraldo le preguntó qué sabía hacer: “Mandar”. Y gritó al heraldo: “Pregunta quien quiere comprar un amo”.

O esto otro que decía:

“Plugiere al cielo que bastase también frotarse el vientre para no tener ya hambre”. (Diógenes masturbándose en la plaza pública”).

Sencillamente genial.

Por último lo que sigue, quedándose el tío tan pancho:

En los juegos olímpicos, habiendo proclamada el heraldo: “Dioxiopo ha vencido a los hombres”. Diógenes respondió: “Solo ha vencido a esclavos, los hombres son asunto mío”.

Una naturaleza nietzcheniana en toda regla del prototipo de superhombre. Y yo me pregunto: Amigo mío, ¿de verdad piensas que si hago eso o ese tipo de cosas, lo que en mi pueblo se llama hacer lo que te salga de los cojones y marcarte por ende la chulería; si hago eso, digo, seré libre, un hombre superior, y no un borrego? ¿Seré realmente digno de ser admirado por los dioses, amado? ¿Será mi muerte más digna si vivo con ese aura de hombre que se ha realizado en todo su ser, que ha hecho lo que pensaba en cada momento, sin atender al aprendizaje, a sus dogmas y reglas, a las normas de la buena educación, del autolimitarse por no llamar la atención… de veras lo piensas, gran hombre, que me has hecho disfrutar de una gran tarde, asintiendo con cada disertación que me ofrecías¿ ¿sería así?

Es verdad eso que dices de que el ser es mudo y el espíritu charlatán, que es a lo que llamamos conocer. Cierto es, somos todos unos charlatanes, nos gusta hablar hasta por los codos. Hasta la extenuación.

Me quedo con una de tus frases: «El Universo no se discute, se expresa». Con esto me has convencido. Voy a dejar de escuchar, de leer a tanto maestro, a tanto sesudo, y voy a quedarme a contemplar el espectáculo de la existencia. Las palabras, para qué. Mentirosas compulsivas, tú mismo lo dices:

Si por azar o por milagro, las palabras se volatilizasen nos sumergiríamos en una angustia y un alelamiento intolerables. Tal súbito mutismo nos expondría al más cruel suplicio. Es el uso del concepto el que nos hace dueños de nuestros temores. Decimos: la Muerte, y esta abstracción nos dispensa de experimentar su infinitud y su horror. Bautizando las cosas y los sucesos eludimos lo Inexplicable. La actividad del espíritu es un saludable trampear, un ejercicio de escamoteo; nos permite circular por una realidad dulcificada, confortable e inexacta. Aprender a manejar los conceptos –desaprender a mirar las cosas…-.

lunes, 26 de marzo de 2012

UNA RESEÑA SOBRE MUERTE A CRÉDITO MIENTRAS PASEO A LAS CUATRO DE LA TARDE


-Africano-

Me estoy poniendo gordo que te cagas. Estoy echando panza, frente, papada… cada día me rasco más el culo, eructo más, defeco más que un padre con tres hijos. El tabaco me está haciendo yesca los pulmones, la alergia lo empeora, ya es que casi no me entra ni medio gramo de viento.
Me he echado a la calle, a dar una vuelta, Lunes.
A ver si consigo mejorar aparato respiratorio y peso de un tirón, así, si me pongo todos los días. ¡Coño, es triste! pero comienza el declive. Las primeras canas ya están ahí. A partir de ahora solo cabe disfrutar de unos años en plenitud, pero cuesta abajo, ¡a toda hostia!
He pensado que podía aprovechar la caminata para darle vueltas a eso de escribir algo sobre la Ceuta de los 80. Ir a echar un vistazo por las calles, visitar antiguas localizaciones, ver si aún queda algún espécimen del pleistoceno. Ni mú. La ciudad se ha transformado, como la ciudad de los Playmobil, de un zás, ¡así, tacatán! No ha habido manera de encontrar ni los calcetines viejos de aquellas ruinas. Parece mentira, pero ha cambiado más su aspecto que las mismísimas murallas aurelianas.
Conforme más he ido avanzando mayor ha sido mi decepción. Demasiada litros de imaginación, me he dicho, para recrearla. ¡Ni con mil enciclopedias podría levantar semejante empresa! La vida se borra, las épocas, más.
El panorama a las 4 de la tarde es ciertamente desolador. Me ha recordado las peores estaciones de autobús de Andalucía. Málaga, Sevilla, Jaén. ¡Un asco, vaya! Todo el inframundo vaga a esa hora improductiva dando bandazos como náufragos sin agua donde ahogarse. Los cafés “solos” abundan en todas sus variedades; cortado, con leche, manchada. Una petarda solitaria, en la terraza de una cafetería de muerte, con un viento cojonero azotando las sombrillas, removiendo sus vísceras mientras vierte un sobre de azúcar. Más allá, un viejales sentado en un banco, con la cara más arrugada que la bolsa escrotal de un neonato, mirando al confín de una papelera descolgada de una farola. Un paquete de Cheetos, volando, vacío, sin sentido. Una pureta fumando un cigarrillo, entrando en la Farmacia. Un gato sobre un contenedor, con la cara echa un ocho, como si se acabara de despertar.
¡La movida de los 80! ¡Que hostías!
He pasado tres cojones del tema y me he puesto ha pensar en Celine. En Louis Ferdinand Celine.
Acabo de terminar aquel su segundo libro, “Muerte a crédito” que se publicará allá por el 1936, después de su gran éxito, “Viaje al fin de la noche”. Me ha gustado más que “Viaje…” sin duda. Y eso que normalmente no me suelen hacer demasiado tilín las biografías de infancia. “Por el camino de Swan”, casi vomito. “Espera a la Primavera, Bandini”, tuvo un pase. “La senda del Perdedor”, intensilla. Pero ante “Muerte a crédito” me descubro. No volveré nunca más a dudar del viejo Ferdinand, ni aunque hubiese escrito 20 tomos de panfletos antisemitas. La prosa de Celine está en otra dimensión. Sencillamente, no hay nadie como él.
La mayoría de los grandes escritores no tienen otro igual, se podrá decir. No lo tengo tan claro. En jazz hay cantidad de grandes músicos: Miles, Coltrane, Parker, Él Duke… pero nadie tan potencialmente singular como Thelonious Monk, por ejemplo. Celine, a su manera, hace música monkiana. Retuerce el lenguaje coloquial, de la calle, hasta extremos tales que la violencia de su significado intrínseco rebasa por derecho propio el recipiente de la materia significante. La palabra celiniana es un golpe, a la manera de Nietzche, cuando se proponía filosofar a martillazos.
El espectro jergal que maneja es lo suficientemente amplio (y si no ya se encargaba él de inventárselo) como para permitirle desarrollar toda la gama de colores musicales necesaria para arrebatar la atención del lector en cada página.
En Celine no importa tanto lo que cuenta como la forma en que lo cuenta. No importa tanto que el hecho descrito se ciña a su realidad autobiográfica como que el pasaje esté atravesado por el filtro de su poderosa capacidad de invención.
Un portento de una lucidez que asusta, y de una sensibilidad y una humanidad que se ve dilapidada una y otra vez por el sanbenito del colaboracionismo nazi. Es cierto que estuvo pringado en el tema, pero eso es algo que ya está más que machacado. Él solo quería salvar la vida. Como lo hace el Ferdinand niño de “Muerte a crédito”, asediado constantemente por la opresión de un mundo desquiciado, tanto familiar como laboral, como en su conjunto, vital. Un ser demasiado perfecto para vivir pacíficamente en un ambiente irrespirable. ¡Qué se podía esperar de una naturaleza así! Que se retorciera, como las bestias, sobre sus redes. No más.
Sigo avanzando, entre las calles muertas, de esta ciudad muerta, a esta hora muerta. Nada, ni un pizca de inspiración. Ni un mojón torcido en la acera que pisar, ni un coche presto que me atropelle.
Hoy no va a ocurrir nada, no hay manera. Voy a entrar en el SPAR a comprar algo. Yo que sé: Atún, pan Bimbo, naranjas, tranchetes, mantequilla y… orégano.
ORÉGANO.
PARA QUÉ COJONES QUERRÉ YO ORÉGANO…

domingo, 18 de marzo de 2012

Cap. 18: BOULEVARD St GERMAIN-LA CLOSERIE-LA NADA

-Africano-

Regresamos a la otra orilla del Sena.
El circuito turístico había finalizado. Íbamos caminando por el Boulevard St Germain, entre la marabunta, vagando sin rumbo determinado. El comercio rebosaba de actividad a esas horas. Bolsas, tarjetas de crédito, cráneos, alarmas, uñas pintadas, niños, farolas, ruedas, botellas, palabras, pasos de cebra, escaparates, terrazas, cámaras, helados, cigarrillos, iglesias, bancos, alambres, cascos, zapatos… piernas, pies enfundados en zapatos claqueteando sobre el cemento. Como hace dos, tres, cuatro siglos… espadas, sacerdotes, soldados, carruajes, cloacas, cerveza sin fermentar, sopa de ajo, prostitutas, pintores, arlequines, sombreros, paraguas, corsés, guantes, pistolas, cartas, saludos, contratos… y carne. Igual hoy que ayer. Carne. Litros de carne cuajada entre las membranas del tiempo. Toneladas de ojos ciegos corriendo a toda velocidad por las autopistas del subsuelo. Bocas sedientas, fracasos anunciados. El día y la noche sucediéndose como una atracción de feria… y solo la carne fluyendo, irracional, por los canales inmaculados del olvido… LAS CALLES, LAS AVENIDAS, LOS BOULEVARES… historia de la urbe sobre las cenizas de la tierra. Y ni un alma vuelta de espadas. Todos mirando al frente, indiferentes al cadáver frío sobre el que iban caminando, apoquinando a crédito… una factura que nunca tendrían la oportunidad de pagar.
Penetramos por un pequeño túnel que conducía a una calle peatonal. En una especie de encrucijada, dos brasseries y una heladería formaban un gracioso espacio familiar y sereno. Pedimos dos gin-tonics. Por primera vez en todo el viaje, una copa en condiciones; esbelta, fría, bien cargada. Nos la echamos a la garganta y disfrutamos de nuestras últimas horas en el mundo. La calle estaba cayendo, lentamente, como en un mal poema de amor.
Tomamos una copa más y volvimos al Boulevard. Pasamos de nuevo frente a Les Deux Magots y al Café de Flore. Enfrente, me señaló Clara, se encontraba otro de los lugares donde Hem alternaba; Brasserie Lipp. Lo miré y me quedé frío. Estaba harto de toda aquella mitología literaria, mohosa, calcinada. Aquellos sitios estaban muertos. Llenos de gente muerta. Apestaba a podredumbre. El aire parecía enquistado en las paredes del espacio. Paris había sido tan grande que la mierda contemporánea no había tardado ni medio siglo en adherirse a su piel como una gonorrea. En aquellos lugares de poder solo medraba ya la escoria cotilla del mundo globalizado. Si por ellos hubiera sido, y les hubieran dejado, habrían sido capaces de follarse hasta el cadáver criogenizado de Napoleón Bonaparte.
Paseábamos uno junto al otro, cuando empezó a caer la oscuridad. Nos paramos junto a un mendigo que tenía un par de gatos muy sociables. Clara jugueteaba con ellos mientras yo miraba al desconocido avergonzado. No sabía por qué, pero no me sentía a gusto dentro de mi propia carcasa. Lo veía allí, despojado de toda responsabilidad, libre, con sus mininos, en la capital de Europa, descomponiéndose con dignidad.
¡Qué iba a ser de mí!
No había mucho que pensar al respecto. Nos despedimos de aquel muchacho amablemente y buscamos una boca de metro cercana.
Íbamos a despedirnos a lo grande, qué coño. La Closerie des Lilas. Rumbo al 117, Blvd du Montparnasse.
Estábamos llegando cuando empecé a oír, como un murmullo, los cadenciosos arpegios de un piano. Era jazz, no cabía duda. Era pequeño y sencillo. Swan Bar, se llamaba. Por el camino de Swan se llegaba al corazón de París, si Proust no era un jodido embustero. Miré el cartel de precios y actuaciones. Un trío; piano, contrabajo y saxo. Tocaba a las 9. Debían estar ensayando.
Me moría de ganas por entrar. Pero era la última noche.
Nos sentamos en un banco cercano, mientras hacíamos hora para ir a cenar. Era la última noche, sí. “Poemas de la última noche de la Tierra”. Sin ningún motivo, pensaba en Bukoswki y en ese libro que nunca llegué a leer. ¿A qué se refería?
Miré a Clara.
Lo decidí. El jazz podía esperar.
Nos levantamos y fuimos directos a la terraza de la Closerie. Estaba hasta la boca. Uno de los camareros habló con Clara. Había que esperar. Pedimos un par de copas de vino y nos obsequiaron con unos aperitivos. Nos acurrucamos junto a una pequeña barra que soportaba sobre sí un enorme bogabante. Observé el panorama. Estaba exento de turismo. Era extraño. ¿Qué tenía la Closerie que no atraía al lumpen? Era un misterio. Pero mejor así. La mayor parte de la clientela era autóctona. Viejales, pero de la casa. El lugar de tertulia de las mentes más maravillosas del planeta había sucumbido en un burdo Café Gijón a la francesa. Olía a abogados y fiscales, funcionarios del estado, directores generales y notarios.
También algunos comisarios de exposición, miembros de la academia o catedráticos se pavoneaban por allí.
Apestaba a institución.
Todo se lo llevaba, el mainstream. No había metro cuadrado donde uno pudiera plantar el pie donde no estuviese aquella hidra al acecho. Lo mejor era olvidarlo todo. Lo mejor era seguir, sin mirar a los lados. Lo mejor era esperar; esperar a que algún hijo puta levantara su asqueroso culo y se marchara en su lujoso automóvil. Lo mejor era beber. Vaciar la copa. Pedir otra. Seguir bebiendo. Y los minutos pasando. Quince. Treinte. Cuarenta y cinco minutos. Y ellos allí, aún, todavía, jalando, riendo, enseñando los dientes. Aquello era el espíritu redivivo de la gilipollez. Un montón de farsantes, un conglomerado de meado ensangrentado, un…n…
—Ya tenemos mesa…
A quién quiero engañar. El sitio era cojonudo. Elegante, señorial, burdeo. El vino estaba que te cagas. Los camareros eran profesionales como la copa de un pino. Era maravilloso nadar con fruición entre tanta mierda.
Nos llevaron a un lateral de la terraza que estaba techado y separado del resto. Un pasillito muy cuco. No se podía fumar, me cago en la leche. Pero estábamos bien, romanticones. Velitas y todo.
Pedimos una botella de vino de nombre impronunciable, unos entrantes y un par de platos de cuyo nombre no puedo acordarme. Daba lo mismo.
—Ya se acaba.
—Sí, se acaba.
Silencio.
—Estoy cansada, ¿tú no?
—Lo estoy… lo estoy. Sí… lo estoy. Es raro, sí. Es rarísimo, pero quiero volver ya a casa.
—Yo también estaba pensando lo mismo.
—Pero el vino está bueno, ¿verdad?
—Sí, me bebería cien botellas si fuera interminable la noche.
—Sí… ya creo que sí.
Terminamos de cenar y nos entramos al piano-bar. Había buen ambiente. Era calido, estar allí. Los espejos, la leve oscuridad, los sillones burdeos, las botellas verdes, rojas, amarillas.
Pedimos un par de copas. Yo Southern. Clara continuó con el gin.
Junto a nosotros, un grupo de tres personas hablaba español. Más bien mexicano.
Pedimos a uno de ellos si podía hacernos una foto. Accedió. Empezó a hacer el payaso haciéndose fotos contra el espejo, pero de forma muy simpática.
—¿De dónde sois, amigos?
—De Ceuta, España.
—Ah, bueno. No lo conozco.
—Yo México tampoco.
—Jaja. Sí, que bueno ¿no? ¿Y como que vinisteis a Paris?
—Vendí mi coche, y ya ves, aquí estamos.
—¿A qué os dedicáis?
—Él abogado laboral y yo profesora de historia (en el dique seco). ¿Y vosotros? Eso ¿De dónde sois? ¿En qué trabajáis?
—Somos del Distrito Federal. Ellos son amigos que vinieron a visitarme. Yo trabajo en una empresa petrolera. Soy químico. Ahora recién llegué de Libia y coincidió con la visita de mis amigos… y ya ves… estamos celebrando. ¿Les gustó Paris?
—O sí, desde luego.
—A mí me encanta, adoro vivir aquí. Pero ya sabes, mi trabajo es de mucho viajar, no paro mucho rato en un sitio. En fin. Este trabajo puto tiene su recompensa.
—Menos da una piedra.
—Chicos, un placer, volvemos a casa. Que lo pasen bien bonito.
—Hasta la vista, y gracias por la foto.
Clara y yo, como solíamos hacer, nos miramos. No pudimos por menos que descojonarnos. ¡Benitos desgraciados estábamos hechos! ¡En una petrolera! ¡Por dios! Nuestra risa era la imagen viva del miedo. Los dos en paro. Sin futuro a la vista. En Paris si un penique, y el dinero del coche definitivamente invertido, sencillamente en placer. Nos daba igual. Era la última noche en Paris. En la Tierra. Los últimos poemas.
Pagamos y salimos al Boulevard.
Estábamos algo borrachos. No como aquella mañana en Florencia, pero lo suficiente para darle a nuestro rostro trágico esa pizca de felicidad.
Avanzábamos; a lo lejos la oscura boca del metro.
A dónde iríamos. A Montmartre. A Ceuta. A dios sabe dónde.
No había manera de saberlo. Esto íbamos pensando, como dos turistas ebrios caminando sobre las ruinas.

jueves, 15 de marzo de 2012

CONVERSACIONES LITERARIAS CON FABYO




- La Dama de las Camelias -

Me enamoré como un tonto. Aquella historia de amor no podía ser, y sin embargo me enamoré. Supongo que a todos nos ha pasado; quien más quien menos se ha enamorado alguna vez de quien no debía.

No sé cómo pude llegar a aquel extremo. Todos me lo advirtieron. Mis padres se oponían a aquella relación, decían que era vergonzoso, que no sabían qué veía yo en aquella chica escandalosa, que iba a traer la ruina a la familia.

Mis amigos decían que me había cambiado. Mi ánimo iba del entusiasmo a la melancolía con demasiada asiduidad; igual andaba yo todo revolucionado que taciturno y distraído y ya no era el mismo. Decían que antes yo era un chico alegre, despreocupado y divertido y efectivamente todo eso había cambiado.

Nos separaban muchas cosas; la edad, la educación, las costumbres, incluso la distancia pero yo no vi ningún impedimento en todo eso y no dudé en trasladarme a París, a dos manzanas de su casa, y empecé a vestir y a comportarme como un caballero distinguido y elegante con tal de satisfacer los deseos de la que sería mi amante.

Al principio parecía tan perfecto... aquel amor era tan ideal, tan puro y bello que no me lo podía creer y pronto empecé a sospechar que tenía que haber algún penoso inconveniente oculto. Que no podía ser tan bueno. Cuando estaba junto a ella todo era tan natural, tan fácil y sencillo que no podía creer que fuera cierto, y seguí buscando el cabo suelto. No me consideraba digno de semejante amor. Imagínense si estaba ciego.

La vida me hacía el más hermoso regalo que nadie me hiciera nunca desde que mi madre me diera la vida misma y yo no podía aceptarlo porque no creía merecerlo. Pero ella parecía poder cambiar también aquello y en dos semanas pasé de ser un aspirante a poeta a ser el poeta de Palacio y de la Corte. El Poeta Imperial que cantara las glorias de su época.

Fueron los días más hermosos de mi vida. Dejé de ser el trobador urbano que con la gorra ligeramente inclinada a un lado en los parques nunca se atrevía a rapear, al lírico culto y erudito que ayudándose de un bastón luce un impecable frac y bajo un enorme sombrero de copa se deja ver del brazo de una dama por los palcos de la ópera.

Lo que se dice un imbécil, en términos etimológicos, del latín in baculus, el que necesita de un bastón para valerse, un bastón que no era otra cosa que dinero, que se acabó pronto, porque no era fácil mantener aquel estatus, y no era barato. El hermoso espejismo duró poco y se desvaneció en cuestión de segundos.

Pronto sería otro el caballero que andaba del brazo de la Dama de las Camelias por los salones parisinos más de moda. Porque ella era una chica complicada. Una relación agitada, tormentosa. Un amor de adolescencia.


LEVANTA




Levántate de la cama

Pero no oigas nada, ni nadie que hable

Sobre intereses que no te invaden

Solo escucha el canto de la mañana

En mitad del bosque

Disfruta el silencio, el de verdad,

El que nunca se calla.


- INMA -