Cacagénesis:


William Saroyan:
"Es sencillamente imposible insultar al género humano sin sonreír al mismo tiempo".







sábado, 20 de noviembre de 2010

Grandes Biogracias: Felipe II


Felipe II era buen pive.
Era un tío majo. Pero tenía un defectillo, era una lima,
un grifo abierto, lo que se dice un manos rotas.
Era una persona muy materialista, era consumista empedernido,
pero no como esas amas de casa que compran quince productos de limpieza distintos para fregar el cuarto de baño, a saber: uno para el suelo, otro para las paredes, dos para el espejo (el del cristal y el del marco, que es de madera) para el lavabo dos (uno para el grifo), otros tantos para el inodoro,
y el videl (el videl¡¡ Díos mío alguien sabe cómo se escribe videl? es videl, bidel, vider tal vez? lo he buscado en el diccionario de la Real Academia y no aparece, claro¡¡ como son todos tíos, ninguno lo ha usado nunca.)
Felipe le cogió el gustillo a eso de reinar, y no podía ver que un estado no fuera suyo.
El tío veía un país y decía lo quiero para mí, y hasta que no se lo compraba no paraba.
Era una cosa que le venía de familia. Los Austrias eran así, eso es la casta.
Ya cuando era niño, su padre le llevaba de caza, y cuando Felipe le atinaba a un conejo, su padre le regalaba un estado. Un día que cazó tres piezas, su padre le concedió el ducado de Nápoles, el condado de Flandes y parte de Portugal. Luego lo casó con su prima que tenía la otra parte, y ya tenía Portugal entero.
El chaval creció en ese ambiente en que uno no se acuesta tranquilo si no ha conquistao un país nuevo, y al final, pues se había habituado y le costó la vida dejarlo.
Cuando ya no le quedaban países que conquistar en Europa, le dio por coleccionar curiosidades, relojes, palacios, los palacios le encantaban. Se gastó la mitad del oro que venía de América en hacerse uno. La otra mitad la gastó en estados. Y el doble de lo que se gastó dejó endeudado.
Ese tío era un puto crack gastando dinero. Era rápido y letal tirando de billetera.
En general fue un buen rey, salvo porque todo lo que había se lo gastó él. Así era Felipe. Qué se le iba a hacer.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Tren










El tren salió con puntualidad suiza. Esa estación maldita que recordaremos siempre, en la que Sabina se bajó. Las afueras de la gran ciudad son una galería decadente de grafos en puentes, naves y almacenes abandonados, mezclados con modernos centros comerciales, configurando el inevitable contraste de las grandes urbes. Pronto la nada, una gran extensión en la que no hay barreras al ojo humano, grandes atardeceres manchegos, en los que Quijote vagaba, aunque dos horas seguidas viendo una monótona llanura son suficientes para no mirar más por la ventanilla e intentar centrarse en el micromundo del vagón clase turista en la que estoy instalado. Tengo delante una chavala que constantemente habla por teléfono, busca arreglar una relación que parece muy desgastada, no es feliz, cada minuto es un reproche, ataca constantemente a su interlocutor, viaja al Sur para escapar. Justo al otro lado del pasillo un señor con portátil no deja de teclear, habla por el móvil para recordar a su hija que lo recoja, tiene prisa, una gestión rápida y vuelve a Madrid, algo de una escritura. Las más relajadas del vagón son dos señoras mayores que han ido varias veces al restaurante, al pasar hablan con todos, dicen que van a por café -con anís- se han jubilado, son hermanas y se retiran a una casita de Cazorla, escuchar la naturaleza y asar panceta en la lumbre serán su quehaceres.

El sonido del tren es duro y afilado al pasar por los acantilados y puentes de hierro en Despeñaperros, entramos en la vieja y estoica Andalucía, la que se ha jodido trabajando toda la vida. La Andalucía de Adriano, Séneca y Machado, la del mirador de San Nicolás, la amante de África, la de las playas de Cádiz, la hija bastarda de Europa.

Un tipo con camisa y corbata a juego, que no se había movido en todo el trayecto, comienza a silbar, parece que llegar al Sur lo ha hecho feliz. De repente un frenazo, no el típico bajón de velocidad, no, un frenazo, muchos metros después nos detenemos completamente. No hay estación, estamos en medio de la nada, algo ocurre. Las hermanas deciden pasar la incertidumbre en el vagón-bar. El tipo sigue silbando, la joven llama a su chico y discuten, esa pareja está herida de muerte. Entra el revisor, nos dice nos van a cambiar de tren, el asombro es mayúsculo. Con gesto serio, el tipo calvo y trajeado dice que un suicida se lanzó desde una roca a la vía, el tren no pudo frenar a tiempo, ahora estaban esperando al juez de guardia para levantar el cadáver. La tragedia también es Andalucía. De ser el maquinista también esperaría el relevo.

- F,J, Tejada -

Grandes Biogracías: Winona


No sé desde cuando me gusta Winona.
Supongo que desde que vi "Inocencia interrumpida".
Otros sólo recordarán esta peli por haber descubierto en ella a una tal Angelina.
Pero a mí no me gustaba Angelina. Estaba loca. Puede que aún lo esté.
A mi me gustaba Winona, que también estaba loca,
pero su locura era más parecida a la mía. Estaba loca de cuerda,
de cordura estaba loca, estaba cuerda o loca, loca y cuerda?
no estaba ni muy loca ni muy cuerda.
En fin, lo que pocos saben es que ese proyecto llevaba años cociéndose en la mente de Winona, desde que su padre le regalara el libro que lleva el mismo nombre,
cuando ella ingresó en una clínica porque el ajetreo hollywudiense empezaba a hacer mella en la "frágil" winona, después de rechazar por agotamiento aquel papel que luego interpretaría la hija de Copola en el Padrino III (si! la hija fea de Pacino, que al final moría si mal no recuerdo, o al menos eso quería yo, en realidad es Sofía, hija de Francis Ford, y a la que todos estamos muy agradecidos por haber hecho desfilar delante de la cámara en braguitas el culito de Escarlet Johanson por un pequeño apartamento de Japón).
Y escribía "frágil" entre comillas, porque winona parece frágil, pero en realidad es fuerte,
tan fuerte como para luchar contra la resurrección de Alien, fuerte como para producir sus peliculas, como para dejar su huella en el brazo de Johny Deep.
Puede que me enamorara de ella cuando fue pillada robando en las tiendas de Beverly Hill, por cleptómana, por llevar muchos medicamentos en el bolso, por empatía, porque todo el mundo la juzgó, incluida la justicia estadounidense, y la crítica, y yo sabía que era inocente.
En realidad creo que esta chica nos ha engañado a todos, y espero que lo siga haciendo.

lunes, 15 de noviembre de 2010

EL SABER NO OCUPA LUGAR



-Africano-

El saber no ocupa lugar. Certera afirmación, efectivamente, no lo ocupa por pura ineficacia. Lo tengo comprobado como algo irrebatible, por ser algo que he experimentado en propia carne y tal vez por ser yo un caso bastante especial de ignorante que se esfuerza por conocer cosas para no perderse (en el inconsciente colectivo). Cuando cierro un libro todo lo aprendido, de la misma forma, lo desaprendo por falta de memoria o de interés. Intento, en lo posible, anotar a través de blocs o a través de pequeños ensayos lo que de los libros me parece más práctico para salvar mi alma. Y por mucho empeño que le ponga, aún recordando en ciertas situaciones problemáticas lo que los más grandes sabios me enseñaron, hago una de dos: o los desoigo o los malaplico. No del todo, y es ahí a donde voy, no del todo utilizo erróneamente las pautas de conducta que observo en mis tan admirados maestros sino que, más bien, estos errores nacen de la distancia que media entre mi realidad y la de la de ellos, tanto, que sus actitudes ante la vida son irreutilizables. Lo son. Así, sin más. Y esto no me lo rebate nadie. Esta tarde, leyendo a Cioran, casi llegando a un estado de iluminación, profundamente postergado sobre cada página, llenándome de lucidez y superioridad sobre los demás seres que a mi alrededor se afanaban en la biblioteca estudiando sus infumables lecciones valederas para oposiciones del Estado, he sufrido lo que aquí vengo relatando. No más me ha bastado levantar el bulla del asiento y darme de bruces con la realidad, saliendo súbitamente de la burbuja mística en la que me había metido, ésta, como tal burbuja, ha pegado un explotio imperceptible para mis acompañantes pero mortífero para mis oídos y mi alma. Imposible de aplicar, sencillamente. Éste, hablaba de LA MUERTE, así, con mayúsculas. Y qué manera de hablar de ella. Qué conocimiento. Qué valentía y qué lúcido. Qué jodidamente seguro de sí mismo. Hablaba de Diógenes, digno de admiración, gran filósofo que filosofaba con su actitud ante la vida:

Un día un hombre le hizo entrar en una casa ricamente amueblada y le dijo: “Sobre todo no escupas en el suelo”. Diógenes, que tenía ganas de escupir, le lanzó el lapo a la cara, gritándole que era el único sitio sucio que había encontrado para hacerlo.

Toma ahí, o:

Diógenes fue hecho prisionero y vendido. El heraldo le preguntó qué sabía hacer: “Mandar”. Y gritó al heraldo: “Pregunta quien quiere comprar un amo”.

O esto otro que decía:

“Plugiere al cielo que bastase también frotarse el vientre para no tener ya hambre”. (Diógenes masturbándose en la plaza pública”).

Sencillamente genial.

Por último lo que sigue, quedándose el tío tan pancho:

En los juegos olímpicos, habiendo proclamada el heraldo: “Dioxiopo ha vencido a los hombres”. Diógenes respondió: “Solo ha vencido a esclavos, los hombres son asunto mío”.

Una naturaleza nietzcheniana en toda regla del prototipo de superhombre. Y yo me pregunto: Amigo mío, de verdad piensas que si hago eso o ese tipo de cosas, lo que en mi pueblo se llama hacer lo que te salga de los cojones y marcarte la chulería, si hago eso digo, seré libre, un hombre superior, y no un borrego. Seré realmente digno de ser admirado por los dioses, amado. Será mi muerte más digna si vivo con esa dignidad de hombre que se ha realizado en todo su ser, que ha hecho lo que pensaba en cada momento, sin atender al aprendizaje, a sus dogmas y reglas, a las normas de la buena educación, del autolimitarse por no llamar la atención, de veras lo piensas, gran hombre, que me has hecho disfrutar de una buena tarde, asintiendo con cada disertación que me ofrecías, sería así?

Cierto es, amigo, eso que dices de que el ser es mudo y el espíritu charlatán, que es a lo que llamamos conocer. Cierto es, somos todos unos charlatanes, nos gusta hablar hasta por los codos. Me quedo con la frase que dices: “El Universo no se discute, se expresa”. Y ahí me has convencido. Voy a dejar de escuchar, de leer a tanto maestro, a tanto sesudo, y voy a quedarme a contemplar el espectáculo de la existencia. Las palabras, para qué. Mentirosas compulsivas, tú mismo lo dices:

Si por azar o por milagro, las palabras se volatilizasen nos sumergiríamos en una angustia y un alelamiento intolerables. Tal súbito mutismo nos expondría al más cruel suplicio. Es el uso del concepto el que nos hace dueños de nuestros temores. Decimos: la Muerte, y esta abstracción nos dispensa de experimentar su infinitud y su horror. Bautizando las cosas y los sucesos eludimos lo Inexplicable. La actividad del espíritu es un saludable trampear, un ejercicio de escamoteo; nos permite circular por una realidad dulcificada, confortable e inexacta. Aprender a manejar los conceptos –desaprender a mirar las cosas…-.

Pero déjame decirte una cosa. No sé de donde sacabas la panoja para comer todos los días. El aplicar palabra por palabra eso que dices a mi propia vida supondría volverme loco (por no decir completamente gilipollas). Perdería familia, novia, casa, trabajo y lo que es más importante (puesto que lo otro viene impuesto o casi impuesto) el hambre, amigo, eso viene de fábrica. Soy un borrego, y lo siento en el alma. Ya me gustaría a mí hacer desaparecer el lenguaje para hundirme en lo inabarcable. Pero es que resulta que no vivo en lo inabarcable. Vivo en Ceuta de prácticas en CCOO, cobrando la tristísima cifra de 400 euros. Lo único que me queda para no pegarme un tiro es, mira tú por donde, lo que estoy escribiendo. Vacías e inútiles palabras.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Dos breves

POLÍTICAMENTE CORRECTO

Mi marido decía
que estaba gorda,
que no paraba de comer.

¡Eso es maltrato psicológico!

Según la OMS:
Obesidad.



RETROVISOR

Pasa una tía.
Buen culo, me digo.
Bonitas piernas. Pienso.
A ver si se gira
y vemos como anda
de…

“Hola, cariño”.


Rubén C.M

martes, 9 de noviembre de 2010

Grandes Biogracías: Adolfo

-Fabyo Sorel-

Adolfo era un tipo peculiar. Una de esas personas con escasas cualidades pero bien relacionado.
Su incapacidad para desarrollar cualquier trabajo le hizo dirigir su actividad hacia el terreno político, en el que creía tener serias posibilidades de ascender.
Le hubiera gustado ser artista. Músico, o tal vez artista plástico, pero incapaz de hacer sonar un pandero, sus dibujos no eran más buenos que los de un niño de preescolar, lo cual no era en ningún caso inconveniente para haber logrado sobresalir en el panorama artístico de la época.
Sin embargo, era evidente que no tenía talento, y además tampoco la autoestima necesaria para obviar ese pequeño detalle. Así que olvidó su faceta artística y se centró en su imparable carrera política.
No sabía muy bien a qué partido alistarse. En principio, le era indiferente.
Optó por el nacional socialismo, que estaba en boca de todos.
La consigna del partido era ensalzar hiperbólicamente las virtudes nacionales y poner de manifiesto siempre que se pudiera las carencias de la oposición, y de las naciones vecinas, de modo reiterado, repetitivo y constante, hasta hacer que aquellas ideas extravagantes entraran en las cabezas huecas de la gente.
Adolfo veía en sus semejantes seres perdidos y alienados cuyas vidas carecían de sentido, y estaba convencido de poder devolver a sus compatriotas la ilusión y la orientación que habían perdido.
Algunos compañeros de partido no tardaron en advertir que las teorías que Adolfo mantenía sobre el espíritu nacional y su manera de alentarlo eran tan radicalmente absurdas que calarían hondo entre los votantes, y efectivamente, en pocos años, millones de gilipollas habían aupado al poder al más tonto de todos ellos. El pobre Adolfo se había convertido en el flamante lider de una nación en auge. La nación que más trabajaba, la nación que más prosperaba, la que estaba llamada a dominar su tiempo. Todos los territorios tendrían que rendirse a los pies de Adolfo y su maquinaria de Estado.
Estaba seguro de que si lograba llevar su estúpida política al resto de Estados el mundo sería mucho mejor. Su país había prosperado mucho bajo su mando. No había razón para que el resto de Europa no lo hiciera.
Iba a demostrar a todo el mundo lo mucho que tenían que agradecerle. Iba a reparar los errores de todos aquellos gobernantes ineficientes.
Adolfo había cogido embale e iba a ser díficil pararle.
Se llevó una gran decepción cuando recibió la primera negativa.
Polonia no estaba dispuesta a adoptar sus técnicas. Le pareció desconcertante que los polacos rechazaran su forma de gobierno. ¿Acaso no estaban al tanto de la revolución que había llevado a cabo en su país o es que simplemente eran imbéciles esos polacos?
Decidió arrasar Polonia.
El tema se le estaba yendo de las manos.
Después de Polonia vendrían Austria, Francia, Italia, Grecia, España... estaba dispuesto a conquistar por la fuerza todo aquel territorio que no aceptara de buena gana sus métodos.
A Adolfo no le gustaba tener que hacer aquello pero no había alternativa. Se sentía como el padre que tiene que pegarle a sus hijos una colleja para que se coman las habichuelas. Él no quería tener que pegar a sus hijos, pero ellos no sabían que las habichuelas eran buenas, aunque no les gustaran, y tenían que comérselas.
Adolfo sintió un gran dolor cuando las naciones aliadas se rebelaron y le presentaron batalla. Nunca creyó que llegarían a ese punto, pero si era necesario arrasaría el continente con tal de que todos se comieran las putas habichuelas.
Menos mal que llegaron los americanos, y con ellos, las hamburguesas.

domingo, 7 de noviembre de 2010

LA INFANCIA, DESDE AQUÍ ARRIBA, MUCHO MEJOR

-Rubén C.M-

A veces tiro por la Calle Velarde.
Allí pasé los 6 primeros años de mi vida.

Paseo por allí, buscando eso que algunos
Llaman nostalgia, otros melancolía
- aquella morriña insufrible
por la niñez –.

Me paro un instante ante el socavón
Que un día fuera hogar de los Casado,
Hoy, proyecto de edificio de 6 pisos

Y lo único que siento es indiferencia,
Abulía, profunda desazón. Ganas
De largarme de allí lo más lejos posible.

Quizás, algún sitio con vistas.
Un ático -con ascensor-
no estaría nada mal.